"...Nos vas a buscar y nos vas escuchar..."

El re-encuentro!!!

Hola amigos, cuanto tiempo...
Ciertas obligaciones y circunstancias de la vida me tuvieron un tanto alejado de nuestro blog (en cuanto a reflexiones me refiero o nuevas entradas), lo cierto es que aún así siempre me hice el tiempo necesario para echar una miradita a la pagina con la certeza de saber que Adri iba a saber mantener con vida un proyecto tan lindo como este...
Entonces ahora que los tiempos vuelven a aliarse conmigo, intento reclutar a muchos de los que alguna vez encontraron en este espacio una forma de compartir sus pensamientos, opiniones, creaciones etc...
Por eso quiero dejarles uno más de "sus" relatos... "los particulares relatos de mi amigo IVAN"
No es uno mas para mí, es uno de los que más me hizo reflexionar y ojalá consiga lo mismo compartiéndolo con todos ustedes.
Que bueno que existan personas capaces de transmitir en letras todas esas reflexiones existenciales que todos alguna vez nos planteamos y dejamos dando vueltas en nuestra cabeza.
Me tomo el atrevimiento de "darme y darles" la bienvenida nuevamente a nuestro espacio virtual.
Gracias a todos
Vic

...ahí va el relato...

SENTIMIENTO TRÁGICO

Lorenzo de la Peña escogía siempre la misma calle y se plantaba siempre en el mismo punto. Una calle transitada. Boina puesta. Camisa pálida; el paquete de ducados la hacía descuadrar un poco en el lado del bolsillo. Pantalones negros deslucidos. Pantuflas color marrón. Luego oscilaba. Pasos cortos. Uno o dos metros hacia delante o hacia atrás. Según él, nunca había recorrido la calle entera.
Yo pasaba siempre por allí. Marchaba hacia la panadería. Según mi madre, el pan del supermercado ya no valía para la noche. Siempre pescaba a Lorenzo siguiendo con la mirada a alguna mujer. Qué animalote era. Qué verde. Pero era bondadoso. La piel marchita de su rostro se plegaba toda con cada sonrisa. Me veía llegar a lo lejos y era como si yo le inspirase algo. Algo como felicidad. Al mismo tiempo, yo me sentía inexplicablemente obligado a corresponder eso. «Hola Jorge», me decía, y sonreía otra vez. «Hola don Lorenzo. Ya me voy a por el pan». «Muy bien, hombre», contestaba, y a la vuelta charlábamos un poco. Yo le decía cosas como que la mañana era bonita, o como que el tiempo se estaba poniendo feo. «Bonitos son los culetes de estas niñas», contestaba casi siempre. Otras veces asentía con gesto afable y me decía con idéntica sensibilidad: «Ale», y yo sabía que me estaba despidiendo hasta mañana.
Una vez le hablé más. «Don Lorenzo, ¿es usted feliz aquí plantado casi todo el día?». «Yo soy feliz siempre, niño. No me hace falta nada», contestó. Me pareció revelador. Pensé en la felicidad como algo espiritual, y no material. De hecho, unos días atrás, mi madre me había contado una historia. Me dijo que una de sus «amigas» había presumido frente a ella de riquezas. En realidad, era una mujer de clase baja. Sin embargo, alguna vez sacrificaba su nevera para comprarse un buen abrigo. Otras, casi siempre, compraba ropa en el mercado, pero no lo decía. Mi madre, harta, le contestó una vez: «Mira Lola. Yo soy más rica que mucha gente con dinero. Tengo un marido y unos hijos que me respetan y están siempre encima de mí. Me han regalado también perfume y cremas por mi cumpleaños». Y era verdad.
En cuanto a Lorenzo, murió poco después. No sé de qué porque nunca he preguntado a nadie. Yo estuve triste muchas semanas. Le tenía mucho cariño al señor Lorenzo. Era parte de mis días. A veces, estuve llorando.
He sabido, muchos años más tarde, que nunca contestaba cuando le preguntaban por su edad. Me contó su hija: «Iba al ambulatorio a pedir cita para el médico. Le preguntaban la edad y siempre decía: ¡Yo ya no me acuerdo de los años que tengo! Y sonreía. Pasaba de todo. Pero claro, ¡a veces tenía que hacer memoria y contestar!».
Durante muchos años no he sabido cómo interpretarlo. Tampoco he querido hacerlo. Pero ahora, cuando yo mismo estoy próximo a la vejez, pienso en ello. Muchas veces, cuando miro el trasero de alguna mujer, me acuerdo de él, y pienso en ello. Es curioso cómo funciona el cerebro.
Tal vez fuese don Lorenzo tan feliz que ya no sabía ni el día, ni la hora en que vivía, ni los años que tenía. Eso sería bonito. Pero hace poco leí una cita que me hizo reflexionar más. «Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse mortal».
Así que ya no pienso que don Lorenzo de la Peña fuese tan feliz. Ningún hombre lo es cuando ve llegar su hora. El final es preocupación de todos. Creo que era cierto que no le faltase de nada. Pero le sobraba saberse mortal. Y creo que en sus últimos años, cada vez que dijo «setenta y nueve», «ochenta y tres» o «noventa y cuatro», tales confidencias lo hicieron apagar poco a poco, hasta que un día se murió no tanto por vejez como por saberse viejo.
Quizá algún día las personas alcancemos tal grado de indiferencia frente a la muerte, que ésta desaparezca como desaparece el miedo cuando lo ignoramos. Eso sería bonito.

-¿Qué edad tiene don Jorge?
-No entiendo la pregunta.