13 jun. 2007

El Puré:


Allí estaba frente a mí. Sabrosa crema de calabaza preparada con esmero; mi madre que la había batido bien, lo supe, pues no había grumos, sino más bien al contrario: para colmo del placer, juguetonas motas blancas de queso fundido, contraste de colores agradable al gusto y a la vista. Nada caro, nada de marisco ni cosas por el estilo, pero primoroso en su humildad; delicado, rico. Ajusté la servilleta al lugar exacto en el que mi piel ofrecía hueco frente al cuello de mi camisa, apreté los labios como símbolo previo a la degustación de la delicia, agarré la cuchara con la que ir comenzando a recolectar; no sin antes, por cierto, exhalar un suspiro imperceptible que, no obstante, abrigaba la integridad del contenido del plato.

Fue justo en aquel momento cuando, maldito sea, divisé aquel largo cabello que flotaba sobre el puré. “Maldito seas, cabello color caoba”, pensé con acusación al instante. “Serpiente acuática venenosa que turbias mi momento, que nadas a tus anchas en el océano que habría de saciar mi apetito". Mírate, ahí, tan tranquilo, con esas ondas a derecha e izquierda; puntos de inflexión que cada uno, tanto al este como al oeste, vuelven a virar y atropellan mi sensibilidad, dinamitan mi ilusión frente a lo que yo consideraba como un manjar. Tus extremos no flotan, se hunden; uno de ellos atraviesa a una indefensa motita de queso, la cual nada pudo hacer para defenderse. ¿Quién más te acompaña ahí abajo? Bichitos, bichitos. Microorganismos, pequeños seres unicelulares, intrusos de toda clase, malditos seáis” -Fuera –grité. Mi madre quedó atónita. -¿Qué pasa? –me preguntó, y echó un vistazo al plato. Luego una cara de resignación y agarra su tenedor: pelo fuera y arreando. –Vale, no me vengas ahora con tus melindres que me tienes harta. Come que está muy bueno. Aquello me reinstaló en la realidad. Nada me quedó salvo hacerle caso, aunque no sin cierta memoria, no sin ciertos reflejos en los que mi mente proyectaba de nuevo aquel vasto pelaco teñido, el cual, si bien extraído de su clímax, asfixiándose en aquel momento bajo las arrugas de una simple servilleta, parecía extraer fuerzas para gritarme: -Eh, capullo. Dejé mi delgada huella sobre esa anaranjada pasta inerte, y aunque ahora desterrado, abandonado aquí a mi suerte hasta que muera, para ti ya no será lo mismo; no serás capaz de degustarla, sino tan sólo de alimentarte a la fuerza. Resultó después, para mi desgracia, que había tenido razón.

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