ENCLAVE ARGENTINO




Pongo mucha atención a la primera y a la segunda entrega de la saga “No hay peor cosa para un argentino que…”, cuya autoría corresponde a mi amiguete Víctor (io).

Me dan sus textos que pensar –dado mi desconocimiento casi total de los argentinos; no lo soy– en apenas un par de cosas.

La primera: setenta metros cuadrados de espacio son muchos. Muchos metros, mucho espacio, mucha arena, mucho argentino, mucho mate. (Victor, revisa la cifra o revisa tu vista).

La segunda: más allá de la vocación antropológica del pensador Víctor (io) –profunda, admirable–, yo propongo la siguiente reflexión: ¿será lo mismo, para un argentino o para cualquiera, cruzarse con un compatriota suyo en su propia tierra, que cruzarse con él en otro país cualquiera? Yo creo que, en cualquier caso, nos unimos en la distancia, esto es, por ejemplo, que en España, mi familia es mi familia; fuera de España, mi familia es cualquier español.

Por otro lado, me pregunto a mí mismo: ¿qué es, para mí, un argentino? De inmediato, mi inconsciente (qué divertido es esto del inconsciente) me obliga a modificar la pregunta que yo mismo me hago: ¿qué es, para mí, una argentina? Y ahora me respondo: es un viento que transporta una voz de terciopelo, cabello rubio que juega al tirabuzón. Es una herida que tal vez se cierre, si bien dejará huella, cicatriz –como toda buena herida que se precie–.

¿Qué es un argentino entonces, si es que decir argentino puede ser decir argentina; si es que decir argentina puede ser decir argentino? “Un playero”, me gusta responderme después de leer a Víctor (io). –Tal vez un individualista, un matero, un miembro de una raza de simpaticotes –me gusta responderme, en voz alta incluso, después de leer a Víctor.

Sin embargo, si un espíritu sufre cicatrices (las sufre), si una cicatriz es consecuencia de una herida, si una herida es consecuencia de una argentina… “¡diablos!”, me digo de nuevo, “qué es, para mí, sobre todas las cosas, un argentino”.

Un argentino (me toco el pecho, recuerdo…) dado que las heridas se curan; dado, sin embargo, que las cicatrices permanecen siempre…. Un argentino no es ni puede ser sino un pequeño, diminuto, fragmento de eternidad –me veo obligado a responderme, al fin, con todo, e incluso… después de leer a Víctor.