EL INTERMINABLE.

Del segundo anterior al segundo siguiente, y mientras escuchaba cómo al concepto de infinito se le daba un tratamiento de número real (uno, dos, tres, cuatro… y así hasta infinito; entendido éste, por lo tanto, como otro más de los números reales y correlativos), fue cuando creí caer en la cuenta de que las distintas odiseas dentro de las que yo pudiera estar viviendo (otra vida) en aquel mismo instante, no eran infinitas sino finitas, pues las posibles derivaciones desde mi primer acto –en el principio de mis días– hacia el siguiente, y luego hacia el siguiente, y así hasta el momento presente, no podían ser incontables; no podían serlo mientras estuvieran sometidas –y lo estuvieron siempre y lo estarían siempre– a las limitaciones humanas.


De ese modo, calculé que en el momento de nacer, mi primera acción (consciente o inconsciente) bien pudo ser otra; y de igual modo que pudo ser otra, pudo ser otra distinta de la primera o de la segunda supuesta, pero no así de un modo infinito, sino de un modo delimitado por la cantidad exacta de las acciones que yo mismo –humano, y por lo tanto inferior a la omnipotencia– era en aquel momento capaz de realizar.

Por lo tanto, y de haber seguido siendo así, yo era yo en aquel momento en que comencé a pensar en todo eso; yo era yo en mi realidad consciente, en la única que conocía; si bien podría estar siendo yo en cualquier otro lugar (antes dije odiseas), habiendo modificado cualquiera de cuantas acciones realicé en la vida –incluido no actuar, y desde ahí hasta la cota de actos posibles (por ejemplo, mirar a la derecha en lugar de hacia la izquierda). Eso, tal vez, hubiera cambiado mi rumbo.

Con todo, me di cuenta de que aquel razonamiento no era suficiente, pues toda persona está condicionada en sus actos por su entorno, por los actos del resto de personas, las cuales, al mismo tiempo y de forma individual, también están condicionadas en sus actos por su entorno, por los actos del resto de personas (esto es un todo), e incluso por los actos de las personas ya muertas –de cuyos actos son consecuencia–, o incluso, por todo fenómeno o influencia no proveniente de otra persona, sino tal vez de un animal, de una condición climatológica diminuta o de cualquier otro estímulo imaginable (también la locura).

Así pues, me pareció que yo era, en este cosmos (de entre cuantos pudiera haber conmigo dentro; también sería aplicable), una consecuencia de cuantas acciones se habían tenido que desarrollar necesariamente así, de tal forma que yo terminara estando ese día, ese segundo allí sentado, pensando en ello.

Fue entonces cuando dicho razonamiento tan amplio me aplastó, y me llevó de nuevo al principio, a la que yo pretendía que fuera mi reflexión primera y última: el universo es un lugar palpable, físico; limitados todos sus
componentes conforme a unas leyes, y limitadas todas las posibles acciones de dichos componentes, por lo que tenidas en cuenta todas las combinaciones de actos posibles desde el génesis de la materia, hay un número definido (lógicamente astronómico) que suma todas las mencionadas combinaciones –“no es infinito este número”, insistí para mí mismo–, y que de igual modo tiene en cuenta todas las odiseas posibles en las que yo hubiera podido estar viviendo en aquel momento.

Al poco me di cuenta de que me equivocaba. Ese no era el número que tenía en cuenta todas mis vidas, sino el número que tenía en cuenta todas las vidas y todos los desarrollos de la historia posibles, ya que ciertas combinaciones (digo ciertas por no decir muchas, muchísimas, pero contables) no hubieran desembocado en mi nacimiento, sino en mi “no nacimiento”, o tal vez en un nacimiento más temprano, o más tardío.

Por supuesto, tuve en cuenta la posibilidad de que todos los conocimientos humanos fueran erróneos (recordé el tópico: antes se pensaba que La Tierra era plana), y tuve en cuenta que una verdad revelada sobre qué era en realidad el universo, quizás, hubiera cambiado todos mis razonamientos anteriores. No obstante, no poseía esa verdad, ni la certeza sobre si todos los conocimientos humanos eran erróneos.

Finalmente, contemplé otra probabilidad, si bien mucho más remota, pero que haría concluir todas mis vacilaciones. Contemplé el hecho de que yo no fuera un hombre sino el sueño de un hombre. Contemplé que los hombres generaran mundos enteros –en algunos casos, como este– con sus sueños. Contemplé que yo mismo estuviera fabricando algunos de esos mundos con cada ocasión en que soñaba. Más aún, contemplé no sólo que yo no fuera un hombre, ni el sueño de un hombre, sino el sueño del sueño de un hombre soñado por otro hombre, que también era soñado.

Por otro lado, si yo era un sueño, ¿qué sueño era? ¿el sueño del primer hombre que soñó? (claro, por supuesto que pensé en si era Dios el primero que soñó un hombre; o en si había creado el mundo de ese modo) ¿o tal vez el sueño del primer soñado, o del segundo, o del tercero?

De cualquier forma, era entonces posible que yo pudiera estar viviendo en odiseas ilimitadas, por ejemplo, si yo mismo había soñado conmigo mismo, y una vez así de manera eterna; pero quizás en sueños de distinto carácter (distintos mundos, distintas formas y colores y sentimientos y poesías). Era entonces posible contemplar todo aquello como incalculable, pues de los sueños (no palpables, no físicos, no sé si sometidos a leyes) sólo me era posible afirmar dos cosas:

  1. Que si cada soñado podía soñar y dar vida a un nuevo hombre (o mujer),
    la cadena era, como intenté explicar antes, inagotable.
  2. Que cada sueño correspondía a un soñador ,y en esa estructura cardinal
    de conjuntos, residía la definición misma de infinitud.
Obra: "La persistencia de la memoria"
Autor: Salvador Dali
Año :1931
Oleo sobre tela.