Turismo aconsejable

La niña está sentada en las losas de la plaza, jugando con otros niños que se pasan de mano en mano un trocito de cuerda, un fósforo quemado, sumando o restando misteriosos trueques. Está desnuda, tiene unos aros de oro y un adorno que pone una chispa roja en las aletas de la nariz; su sexo diminuto es como una luna naciente entre las piernas morenas. El niño acuclillado a su derecha está también desnudo, y sus nalgas puntiagudas rozan las losas mugrientas cuando se agita para celebrar algún lance de juego. Los otros son mayores, entre ocho y diez años, sus cuerpos se dibujan esqueléticos asomando entre harapos que han conocido ya tantos cuerpos. La niña se concentra en el juego, recibe y da un palito, dice una frase que los otros salmodian entre risas, el juego continúa; un tranvía pasa con un fragor de hierros viejos que hace temblar el aire y el suelo, y los niños no lo miran siquiera; las vías están apenas a medio metro de sus piernas, el tranvía corre entre ellos y otros grupos de niños y de adultos acostados o sentados en las losas de la plaza. Nadie presta la menor atención cuando cada dos o tres minutos cruzan los tranvías entre campanillazos y gritos del enjambre de pasajeros que buscan abrirse paso en las plataformas atestadas. La niña desnuda mira al niño acuclillado a su derecha, le alcanza un trocito de tela, dice la frase que hay que decir; el niño pasa la tela al siguiente, y en el grupo vecino una vieja ya sin edad ni sexo revuelve en una escudilla montada en un pequeño trípode sobre un fuego de basuras, hunde la mano para sacar un poco de pasta blanqueada y la amasa entre los dedos, la alcanza al viejo tendido de lado sobre las losas, con los pies casi rozando las vías, y lo mira sin hablar mientras el viejo revuelve la pasta en la boca sin dientes, la ablanda con las encías antes de tragarla; entonces la vieja se vuelve hacia la muchacha que amamanta a su bebé y le alcanza otra bola de pasta antes de amasar una última para ella; después con un palito, limpia pacientemente la escudilla y la pone junto al trípode, echa un poco de ceniza sobre el fuego para conservarlo. Los dos hombres acuclillados cerrando el círculo hablan entre ellos, se muestran papeles; uno señala hacia el edificio de la estación ferroviaria, en el extremo de la gran plaza, y el otro asiente, escupe en el suelo una espléndida mancha repugnante de betel, al lado del pie de la vieja. Dentro del círculo dos niños desnudos corretean, tropiezan, se enredan en las piernas del viejo o los brazos de los hombres que los contienen, sonriendo, diciéndoles alguna cosa sin impacientarse, cuidándolos para que no salgan del círculo y entren en la región de las vías. Hay treinta y cinco grados centígrados a la sombra, pero no hay sombra en la plaza.


Es muy interesante, usted llega a Calcuta en avión porque ya a nadie se le ocurre llegar en tren con ese calor y esas demoras, usted se aloja en un gran hotel del centro, los únicos preparados para recibir a un europeo o a un indio adinerado, ve resbalar sus maletas por los eslabones de una interminable cadena humana que arranca de la portezuela del taxi y termina al borde de su cama, las manos que se van pasando las maletas y siguen extendidas por debajo de una gran sonrisa ansiosa, una cadena de propinas que usted distribuye con fastidio, deseoso de quedarse solo y tomar una ducha y beber un vaso de algo helado; usted llega a Calcuta en avión y descansa un rato en el hotel antes de salir a conocer la ciudad, y en algún momento mira la guía de Murria y entre cuatro cinco cosas decide ir a conocer la estación del ferrocarril, la Howrah Station , y lo decide aunque haya llegado a Calcuta en avión y los ferrocarriles no le interesen para nada en ese país donde hace tanto calor y los horarios se cumplen cuando pueden.


Usted ha decidido visitar la Howrah Station no solamente porque las guías afirman que el ambiente es pintoresco, sino porque algún amigo de Delhi o de Bombay le ha dicho que si quiere conocer la India tiene que asomarse un rato a la Howrah Station , entonces usted se pone la ropa más liviana posible, espera a que sean las diez de la mañana o las siete de la tarde, y se hace llevar en taxi a pesar de la evidente sorpresa de chófer que no comprende cómo un europeo puede salir de un hotel para ir a la Howrha Station sin llevar sus valijas y por lo tanto dejar mucho más dinero en sus manos que esperarán a partir de la portezuela del taxi y seguirán hasta el asiento numerado del tren de Benarés o de Madrás. Usted le explica al chófer que simplemente quiere ir a la Howrah Station para conocerla, y el chófer sonríe y encuentra que está muy bien puesto que no va a ganar nada tratando de comprender una cosa tan absurda. Entonces es la city, el tráfico en el que las leyes parecen desmentir todo lo que usted sabía o esperaba en materia de tráfico, el sol que a cualquier hora cae a plomo, la transpiración pegajosa que le resbala por las axilas y la frente y los muslos mientras el chófer no tiene la menor huella de humedad en su cara de fina barba negra, una carrera que parece no terminar jamás aunque su reloj pulsera hable de minutos, como si la saturación humana en las calles, el tráfico de carricoches y tranvías y camiones, los mercados desbordados desde vagos recintos sombríos hasta las aceras hormigueantes y la misma calzada donde todo se mezcla entre gritos, protestas y carcajadas, se fueron tendiendo a lo largo de un tiempo diferente del suyo, una interminable suspensión fascinadora y exasperante, hasta que en algún momento es la zona del río, lo olores de depósitos y fábricas, una curva en una avenida y de golpe, asomando como un monstruo antediluviano por sobre el diluvio de tejados, muestras tenderetes, postes telegráficos, por encima de ese aprovechamiento maníaco de cada rincón del espacio, disponible, se ve surgir el puente de Howrah son su gigantesca fealdad de hierros y cables carcomidos, el enorme costillar de un monstruo caído sobre el río, y el chofer se vuelve para indicar que al otro lado está la estación, que no hay más que atravesar el puente para llegar a la estación, y si el sa’hb quisiera después ir a los templos o al jardín botánico, todo el día en el taxi excelente paseo barato, en su taxi todo el día si el sa’hb quisiera. Abajo ya es el agua, si es agua esa brea pardusca de donde brota una niebla de calor y putrefacción y el humo de las chalanas, la entrada al puente es una asalto a toda velocidad entre tranvías y camiones que se precipitan con la misma furia para llegar antes que los otros a la zona donde el puente se estrecha y hay que seguir lentamente en fila, sintiendo junto a la ventanilla el peso de los ojos de los que avanzan a pie, la serpiente multicolor entre el petril y la calzada, los hombres que se precipitan a la menor detención del tráfico para pedir la limosna golpeando la ventanilla que usted ha subido prudentemente, ofreciéndole frutos o calabazas como si un europeo vestido de blanco pudiera comprar una cosa así en mitad de un puente, proponiendo tráficos en una lengua tras de la cual, mezclada con aluviones de palabras incomprensibles, surgen las voces inevitables, rupee, me very poor, please sa’hb, bakshish please, rupee sa’hb, y el chófer arranca otra vez sin el menor aviso, una mano de niño se engancha un segundo en la portezuela, un cuerpo es rechazado con violencia, tras se oyen risas y quizá insultos, el puente avanza como si el dinosaurio estuviera deglutiendo una masa pegajosa en la que su taxi, los camiones y los tranvías son el elemento sólido flotando entre la marea de hombres y mujeres y niños que llenan el puente a ambos lados y cruzan entre los vehículos en un zigzag interminable, hasta que la digestión termina alguna vez, el ano del monstruo lo expulsa en una avenida repleta de todos los detritos del puente y eso es la plaza de la Howrah Station , usted ha llegado al término del viaje, sa’hb.


La niña desnuda, cualquiera de las incontables niñas desnudas de la plaza o de las galerías de la estación, se ha acercado a su madre que se afana atando o desatando un hato de ropas y de trapos, y ha tomado en sus brazos al hermanito menor que llora de espaldas contra el suelo. Llevándolo penosamente, ayudándose con la cintura en la que calzan las piernitas del niño desnudo, se acerca a pedir limosna a un grupo que baja del tranvía, pero para acercarse tiene que abrirse paso en el interminable laberinto de las familias arracimadas en el suelo, los fuegos de las ollas del arroz, los pedazos de esteras mugrientas y que señalan una posesión, un territorio, y donde se amontonan cacerolas, peines, pedazos de espejos, latas con clavos o alambres, a veces bruscamente una flor encontrada en la calle y puesta allí porque es hermosa o sagrada o simplemente una flor. Usted ha bajado del taxi antes de llegar a la entrada de la estación y se ha librado del chófer que se obstinaba en esperarlo, en seguirlo, en explicarle cualquier cosa; ahora va a cruzar la plaza observando a la gente, las costumbres locales de Calcuta, hasta llegar a la estación y visitarla por dentro. Esa mujer de pelo blanco y rostro hundido, que duerme de espaldas junto a un poste de alumbrado, a dos metros escasos de las vías, parece muerta; desde luego no lo está, aunque debe dormir profundamente porque las moscas le andan en la cara y hasta se diría que le entran en los ojos entornados. Los niños que juegan en torno, arrojándose cáscaras de mango o de papaya, trozos de materia podrida que atajan con las manos o el cuerpo entre risas y carreras, no parecen inquietos por la vieja, de manera que no hay razón para detenerse más de la cuenta, y además la mera intención de observar alguna cosa despierta instantáneamente la atención de los que andan cerca o están sentados o tirados en las losas de las plazas, y ya no hay manera de evitar el cerco, los dedos de niños que alcanzan apenas a las rodillas, que sujetan el pantalón tímidamente mientras repiten su bakshish sa’hb, bakshish sa’hb en tanto que otros niños se golpean el estómago con una mano o la tienden suplicante como una diminuta escudilla vacía. Usted no ha desviado a tiempo los ojos de ese cuerpo tendido boca arriba, no ha seguido caminando como su no viera nada, única manera de que los otros lo vean un poco menos; a usted le ha parecido extraño que una mujer pueda dormir con los ojos entornados mientras el sol y las moscas le andan en plena cara, y se ha detenido un instante para cerciorarse de que solamente está durmiendo; entonces le han sujetado el borde de los pantalones, una mujer harapienta le muestra su bebé desnudo con la boca cubierta de pústulas, un vendedor con una cesta de baratijas le explica volublemente las ventajas de la mercancía, un chico de unos diez años roza una y otra vez la correa de su Contaflex y usted le retira la mano con un gesto que quiere ser amable, busca monedas en los bolsillos, las da a los más pequeños para que le suelten los pantalones, consigue zafarse del cerco y meterse más adentro de la plaza; tal vez sólo en ese momento se da plena cuenta de que esos miles de familias, que esa multitud andando o en el suelo, no está en la plaza como usted y cualquier otro pueden estar en una plaza de su país, sino que viven en la plaza, son la población de la plaza, viven y duermen y comen y se enferman y se mueren en la plaza, bajo ese cielo indiferente sin una nube, bajo ese tiempo donde no hay futuro porque allí no cabe la esperanza. Usted ha entrado en el infierno por nada más que cinco rupias, ahora sospecha que esa mujer estaba muerta y que los niños que jugaban tirándose los pedazos de mango sabían que esa mujer estaba muerta, y que más tarde vendrá un camión de la municipalidad a llevársela cuando alguien se moleste en avisarle al policía que dirige el tráfico en la entrada de la plaza. La guía de Murria tiene mucha razón: el espectáculo es pintoresco.


La madre que amamantaba al más pequeño de sus cinco hijos ha empezado a cortar en trocitos la legumbre que encontró su marido entre dos vagones del puerto. La niña desnuda regresa con su hermanito en brazos y lo pone en el suelo junto a la madre; está cansada, quisiera comer y dormir, no trae monedas, sabe que su madre no le dirá nada porque sólo de cuando en cuando se consigue una limosna, y pronto la distraen los juegos de sus hermanos, lo que pasa en los otros círculos, en torno a las otras ollas y a los otros fuegos. Los círculos de las familias sólo se quiebran parcialmente cuando alguien se marcha para traficar o mendigar o cumplir quizá algún trabajo asalariado, pero los otros se quedan, siempre hay alguien que cuida el lugar de la plaza donde vive la familia porque si lo abandonaran apenas un minuto lo perderían para siempre, otro círculo se desdoblaría, una pareja joven con sus hijos se apartaría de los padres para ganar ese nuevo territorio e instalar presurosamente su hato de ropas, los cacharros. Y así los menos privilegiados tienen que conformarse con vivir al lado de las vías por donde pasa la muerte cada tres minutos, o en el perímetro de la plaza donde corre el tráfico que va y viene del puente, al borde de la calzada llena de camiones y de carros. Usted ha tratado de calcular el número de personas que viven sentadas o tendidas en la plaza de Howrah, pero es difícil con ese calor que le nubla los ojos y esos niños que siguen llegando de todas partes para pedir limosna; y luego que hablar de personas que viven… Es mejor sortear los grupos más densos, sonriendo vagamente a algún niño panzón que alza sus enormes ojos negros en busca de la limosna, y llegar por fin a una de las entradas de la Howrah Station huyendo del sol para perderse en el vasto vestíbulo sombrío; sólo cuando su zapato está a punto de aplastar una mano de mujer se dará cuenta de que nada ha cambiado, que el vestíbulo continúa el mundo de la plaza y que el suelo está ocupado por una muchedumbre silenciosa o vociferante pero aún más densa que la de fuera, con incontables hombres y mujeres llevando valijas o bultos de ropas, circulando entre las gentes sentadas o tendidas sin que jamás pueda saberse quiénes son los viajeros que esperan los trenes y quiénes, en ese otro círculo privilegiado del infierno, protegido del sol de la plaza, ven llegar y partir los vagones con una vaga, borrosa indiferencia. Quizá en ese momento usted recuerde los folletos de propaganda turística que le han dado a leer en el Boeing de Air India, sin hablar de la guía de Murria; o tal vez la sesión del parlamento de Delhi a la que asistió especialmente invitado para escuchar un discurso de la señora Indira Gandhi. Es posible que allí mismo, con su zapato al borde de una mano de mujer tendida de lado, comiendo unas semillas en el fondo de una hoja muy verde, se dé cuenta de que sólo la locura vuelta acción y más tarde sistema (porque las revoluciones son una locura impensable para los folletos de Air India, la guía de Murria y la señora Indira Gandhi) podría acabar con eso que está sucediendo a sus pies desde ahora un perro acaba de vomitar una masa negra, una especie de sapo mal masticado, junto a la cara de un niño que estira la mano y la hunde en el vómito un segundo antes de que usted tenga tiempo de dar media vuelta y huir hacia una salida; eso que está sucediendo delante de usted pero que no es nada, en realidad absolutamente nada puesto que usted ya ha vuelto la cara y se marcha, es algo que tal vez alcanzará a olvidar esa misma noche mientras se quita el sudor en la maravillosa ducha del hotel, pero que aquí sigue, aquí viene ocurriendo noche y día desde que Howrah Station abrió sus puertas, y en cualquier otra parte de la ciudad y del país mucho antes de que los ingleses levantaran la Howrah Station , y el infierno del que usted está huyendo cómodamente puesto que el chofer después de todo lo esperó afuera, lo espió desde lejos y ya le abre la portezuela riendo alegremente, demostrándole si fidelidad y su eficacia, es un infierno donde los condenados no han pecado ni saben siquiera que están en el infierno, están ahí renovándose desde siempre, viendo irse a unos pocos capaces de franquear las vallas de las castas y las distancias y la explotación y las enfermedades, cerrando el círculo familiar para que los más pequeños no se alejen demasiado y no se los traigan aplastados por un camión o violados por un borracho, el infierno es ese lugar donde las vociferaciones y los juegos y los llantos suceden como si no sucedieran, no es algo que se cumpla en el tiempo, es una recurrencia infinita, la Howrah Station en Calcuta cualquier día de cualquier mes de cualquier año en que usted tenga ganas de ir a verla, es ahora mientras usted lee esto, ahora y aquí, esto que ocurre y que usted, es decir, yo, hemos visto. Algo verdaderamente pintoresco, inolvidable. Vale la pena, le digo.”

Conta Conmigo...

Un día como hoy pero de 2005, poníamos junto con mi querido Fernando Corvalan,
en el aire de FM Dimensión 100.1 Mhz, "El Cartero", no lo sabíamos pero se iba a convertir en el ciclo más largo de programas que hicimos juntos. Veníamos de cuatro años en LU23 haciendo "Conta Conmigo" pero por unos pocos meses el mas largo fue "El Cartero". 
En el medio hubo otros proyectos como el que hicimos para Osvaldo Mondelo en el que Fer le ponía la voz nada mas ni nada menos que al Perito Moreno. 
También hubo varios ciclos en otras radios mucho mas breves y por supuesto los recordados capítulos de Harry Potter y la piedra filosofal que se emitieron por Glaciar FM haya por el año 2001, los domingos al mediodía. 
Fue un 24 de septiembre del año 2000 fecha que hicimos un programa juntos por primera vez. 
En los últimos días estuve trabajando sobre la infinidad de cuentos que se quedaron conmigo. Volver a ellos es la mejor forma que encuentro para recordarte, para agradecerte tantas historias juntos. La intimidad de aquellas grabaciones solo será nuestra, las charlas infinitas después de cada cuentos, los momentos de risas únicos vuelven con cada grabación recuperada. 
Pero como siempre no sirve de nada si solo es para nosotros. Por eso mismo y con la debida autorización de tus hijos tus cuentos vuelven. Dejo aquì para que el mundo entero lo comparta, lo dedique, lo envíe, lo reenvíe, lo utilice en sus propios programas o solo lo disfrute en su intimidad, las primeras 20 de tus historias. Con el tiempo llegarán más. 
Estos son algunos de los cuentos que juntos pusimos al aire durante más de 10 años. Y lo último y no menos importante, nuestros programas nunca tuvieron ni un solo auspicio, jamas ganamos dinero con ellos, ganamos el recuerdo de quienes todavía hoy me piden tus historias y eso es invaluable. Gracias amigo. 

La música no es casual.

En 1969, la UNESCO aprobó una resolución que definía un derecho humano del que no se habla demasiado: EL DERECHO AL SILENCIO. Creo que se refieren a lo que ocurre cuando ponen una fábrica ruidosa o un campo de tiro al lado de tu casa, o si una discoteca abre debajo de tu departamento. No significa que puedas pedir que quiten los temas clásicos de rock que suenan en un restaurante, o que puedas ponerle un bozal al tipo que tenes al lado hablando a gritos por su teléfono móvil. Es una idea atractiva, no obstante; a pesar de nuestro innato temor al silencio absoluto, deberíamos tener derecho al esporádico descanso auditivo, para experimentar, aunque sea brevemente, un momento de aire sónico fresco. Tener un momento de meditación, un espacio para aclarar las ideas, es un bonito concepto de derecho humano. Será por todo esto que YO ARGENTINO, empieza así en silencio.

En este instante de esclarecedora NO MÚSICA (porque el silencio es un ruido muy fuerte, el más fuerte de todos) me doy cuenta que lo supe a los 18 o 19 años, claro que la idea viene a mi mente hoy cuando ya ha pasado más del doble de ese tiempo. Fue la primera vez que pisé un estudio de Radio, ese día me fue revelado: LA MÚSICA NO ES CASUAL. Nunca es casual. Hoy lo se.
Para cada cosa que hacemos, cada momento que vivimos, en los mejores (los de felicidad), y en los que nos replanteamos incluso la existencia; hay banda de sonido. Lo que suena a lo lejos, en la radio del coche, en un negocio, la música ambiental del restaurante de ocasión, el ringtone del compañero de trabajo, ese sonido que acompaña un momento particular no llegó casualmente, viene a completar la idea, a resignificar o simplemente aclarar lo que estamos viviendo. Ninguna canción llega a nosotros por un único motivo y mucho menos por casualidad, quienes hemos estado, más de una vez, revolviendo discos o buscado en listas interminables de artistas que jamás habíamos escuchado antes, lo sabemos muy bien. Cuando un tema musical llega es por múltiples situaciones, sabemos que diferentes fuerzas confluyen y decantan en esas notas mezcladas con poesía y que estamos seguros que van a dejar un recuerdo imborrable que perdurará, incluso más, que las imágenes en nuestra memoria.
He tenido relación con la música toda mi vida adulta. No lo planeé así, y al principio ni siquiera fue una ambición seria, pero así acabó siendo. Un muy feliz accidente, tengo que decir. Es un poco extraño, sin embargo, que gran parte de mi identidad esté atada a una cosa completamente efímera. La música es intangible, existe solo en el momento en que es aprehendida, pero aun así puede alterar profundamente nuestra manera de ver el mundo y nuestro lugar en él. La música puede ayudarnos a superar momentos difíciles de la vida, cambiando no solo cómo nos sentimos por dentro, sino también cómo sentimos todo lo que nos rodea. Es muy poderosa.
Ya en mis inicios me di cuenta de que la misma música puesta en un contexto diferente puede cambiar no solo la manera en que el oyente la percibe, sino que puede también darle un significado enteramente nuevo. Según dónde la oigas (en una sala de conciertos o en la calle), o cuál sea la intención, la misma pieza musical puede resultar una intromisión molesta, desagradable y ultrajante, o puede hacerte bailar. Cómo (o cómo no) funciona la música depende no solo de lo que es aisladamente, sino en gran parte de lo que la rodea, de dónde y cuándo la escuchas, de cómo es ejecutada o reproducida, de cómo se vende y se distribuye, de cómo está grabada, de quién la interpreta, de con quién la escuchas, y finalmente, por supuesto, de cómo suena: estas son las cosas que determinan si una pieza musical funciona —si logra lo que se propone conseguir— y qué es.
Cuando el Flaco Spinetta sacó a la venta Peluson of milk yo estaba en mi último año de secundario y los inicios detrás de una consola de radio eran inminentes, aunque yo no lo sabía. El día que se concretó físicamente, es decir entre en el estudio de control central para sumergirme en ese mundo que ya no me alejaría nunca más, sonaba SEGUIR VIVIENDO SIN TU AMOR. Pasaron 24 años pero la sensación al oírla sigue siendo la misma, los recuerdos vuelven y confirmo más que nunca:  La música no casual.


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Después de leer "Como funciona la música" del Músico escocés, David Byrne que es conocido principalmente por su pertenencia a la banda de música pop Talking Heads, de gran éxito durante los años 80 del siglo XX.

Destino

A lo largo de la vida uno decide hacer o no hacer aquellas cosas que piensa le traerán un futuro mejor, nadie, voluntariamente hace lo contrario. Se pone esfuerzo para tirar en el sentido que las cosas deben ir bien, por supuesto no siempre el camino elegido es el acertado.
Si digo que uno hace un esfuerzo es porque del otro lado hay una resistencia, una fuerza opuesta que sentimos de alguna manera intenta desviarnos del camino. Algunos son fuertes y luchan contra esa oposición toda la vida, otros en cambio, por pereza, distracción o porque en algún momento sentís que ni los brazos te responden, nos rendimos a esa fuerza opuesta a nuestra intención, nos dejamos llevar, somos arrastrados. En el momento de cambio, mientras esa fuerza opuesta domina, hay un instante preciso en que se devela El Destino…
La vida, nuestra vida, biologicamente, no es otra cosa que una combinación de fenómenos fisicoquímicos que ocurren en un lugar determinado, como en todos los fenómenos de la física existe un instante especial, un punto exacto en que las fuerzas se equilibran, las oposiciones continúan pero logran dejarnos en la senda correcta para que todo lo esperado suceda sin que nadie se interponga, sin que nada oscurezca el horizonte. Podemos en ese momento, si estamos atentos, ver como por un túnel cual será el efecto de nuestros esfuerzos
¿Cuál será la manera controlada de dejar que el destino se revele? Lo trazaron nuestras acciones, nuestras miserias y ausencias, nuestro dolor, las decepciones y las convicciones más profundas, se podría decir que no es otra cosa que una parte de nuestra propia alma. ¿pero cómo controlamos esa parte más profunda de nuestro interior si es tan intangible tan poco física?. El destino no está escrito lo vamos formando día a día, pero nuestras acciones tienen efectos potenciales, generan en el tiempo por venir sucesos modificables, pero que constantemente hacen fuerza por suceder, aquel esfuerzo que pusimos en la acción genera esta reacción de la misma magnitud…
Del primer intento al segundo hay cambios, no somos los mismos en ninguna de las ocasiones.

Esta es la vuelta, el segundo intento, el regreso de Yo Argentino. BIENVENIDOS. Este es un programa de rock nacional…

Otro de la garganta poderosa

"VÁYASE DE LA MIERDA, LANATA"
Hoy vomitó la garganta de Clarín, sí, por fin. Mirá, ahí está, bien desparramada su verdadera esencia, toda chorreada entre la apariencia y sus lujos, por otra nauseabunda catarata de flujos que cayó sobre un fiasco y una simple charlita. Un asco, ¡mejor guardarlos en una bolsita! Pero pará, bancá, antes chusmealos. Son repugnantes, ok, pero revisalos: hay sobras de racismo y pedacitos de odio que parecen periodismo, entre cachitos de información y trocitos de plata.
¡Hicieron erupción los gritos de Jorge Lanata!
Explotó, no soportó debatir con su propia forma de mentir. Balbuceó, tergiversó, difamó, evadió, delegó, ironizó, censuró, estalló, insultó y abandonó, frente a la denuncia de una organización que expuso la manipulación que perpetraron, para llevar a la televisión al personaje que mostraron como responsable de todos tus males, cargándole otra cruz, como si no hubiera estado coercionado por las fuerzas policiales de Lanús. Así, con la letra guionada y media familia amenazada, un pibe debió dar cuenta del testimonio que garantiza la venta, regando el estigma sobre nosotros y el miedo sobre tantos otros, como si hubieran dado con un terrorista, cuando exponían a un pibe vulnerado desde todo punto de vista. A su nombre, todos los títulos amarillos, todos los cargos, todas las miras y todas las ratas absortas...
Pero aun con bolsillos largos,
las mentiras tienen patas cortas.

Como un imponente viento, sus seguidores se toparon con música para nuestros oídos: Juan Grabois, referente del Movimiento de Trabajadores Excluidos, no sólo denunció los cohechos y la opereta, sino que defendió los derechos del niño en todo el planeta, porque sí, amenazarlos está mal. Y hasta ahí, todo normal, entre un pestilente empleado de pulpos comunicacionales y un humilde referente respetado por las organizaciones sociales. Ahora, el cierre de la "conversación", ese patético desenlace de la "comunicación", termina de cortar la cuerda: "Grabois, andate a la mierda". Pfff, perdón, amo de la televisión o todas sus giladas, pero ese grito no lo vamos a permitir, porque cuando las cloacas están tapadas, ese barbudito suele venir, aunque pierda o aunque cualquier erudito lo destroce:
Grabois viene de una mierda, que Lanata no conoce.
A vos,
querido Juan,
seguí luchando comprometido,
seguí gritando por el pan,
seguí tirando de la cuerda,
seguí desbaratando relatos:
¡Seguí llevándoles la mierda!
Y que muestren sus zapatos.
A usted,
recayente sin red,
mejor cállese,
ya no pierda,
ya no reviente,
ya no meta la pata:
¡Váyase de la mierda!
Que ya ganó suficiente plata.

Hoy es #FueraBarrick: Por qué marcha Jáchal

Nota original de La Vaca
 
Saúl Ceballos, miembro de la asamblea Jáchal No se Toca
 Saúl Ceballos, Jáchal No se Toca)
Pasado, presente y futuro de un pueblo que hace un año gritó “Fuera Barrick” y hoy pide que no se instalen nuevos proyectos mineros en la zona. Lecciones sobre democracia, participación ciudadana y extractivismo, a un año del derrame de millones de litros y una consulta popular que pudo haber cambiado la historia. El WiFi que espía y otras maravillas del pueblo que ahora mismo está marchando para exigir que lo escuchen. 

Volver adónde, compañeros?

Por Gerardro Adrogué *

A volver, a volver, vamos a volver. En más de una ocasión me descubrí cantando esta consigna. Hace unos meses con cierta mesura, incómodo tal vez. Hoy con manifiesto entusiasmo. Es un canto potente y ordenador. A veces surge de forma espontánea, hermanando a personas que sólo pretendían escuchar música en un recital. Otras veces fluye en una plaza repleta de vecinos. Con mayor frecuencia lo escuchamos en los actos y encuentros que se suceden a lo largo y a lo ancho del país. A volver, a volver, vamos a volver. Verdadero santo y seña con el que reconocemos a quienes (intuimos) piensan como nosotros.
Amo a la selección, las alegrias en muchos momentos solo vienen de su mano.